La historia del cantero II: No me olvidé de mi cantero

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moises de miguel angel

Lo prometido es deuda, y tal como os prometí os continuaré contando lo que sucededió cierta noche en Madrid con un cantero de pontevedra que vino a pasar unos días y a ver la capital, por si no habeis leido o no recordais la primera parte de la historia podeis leerla picando aquí.

A este muchacho, como os iba diciendo, le costaba  bastante reaccionar a mis insinuaciones, a veces un tanto descaradas pidiendo más que sexo guerra, pero oye, se ve que no hay nada como un hombre noble y no muy guapo que folle poco para que arranque con cierta facilidad.

Yo le había pedido si le podía dar un beso y él “por respeto” me lo aclaró después, puso la mejilla, por un momento dudé si dárselo en la mejilla o torcerle la cara y darle un morreo como Dios manda, tampoco tenía mucho tiempo que perder, este gigante no iba a estar eternamente en Madrid, la noche ya iba un poquito avanzada y no era plan de perder mucho tiempo.

Así que entorné los ojos y traté de girar su cabeza poniendo mi mano en su mejilla contraria, confieso que me costó, entre su sorpresa y la fortaleza de su cuello costó hacer que girase la cabeza, creo que insistí dos veces, entrevi que sus labios se abrian ligeramente, su respiración se agitó y sus labios y su lengua actuaron, no lo hacía mal ni era torpe, posiblemente no fuese el más ducho del mundo dando un morreo pero se adaptaba a lo que yo hacía. Sentí que uno de sus brazos pasaba por mi espalda y me apretaba contra él, apretó con cierta fuerza y por un momento temí que fuese a hacerme daño, pero no, aquel animalote se ve que sabía hasta donde podía apretar. Su otra mano la puso sobre mi muslo que estaba a su alcance, al sentarme la minifalda se había subido un poco, lo suficiente para que él pusiese la mano ahí, lo acarició con suavidad, notaba su mano dura, callosa, de trabajador, pero a la vez percibía la caricia, intensa, más que en la mayoría de los hombres, sin brusquedad, sin gestos baldíos ni perdidos, no sabía si habría follado muchas veces, pero si percibí que además de hacer un trabajo duro también podía hacer cosas sumamente delicadas como manejar los sentidos de una mujer. Cuando paramos, con las bragas empapadas y superexcitada tuve que reconocerle que lo hacía muy bien ¡me sorprendió! y se lo dije, le dije que pensé que sería más bruto, me hablo de una canción de su tierra, no recuerdo como era en gallego, en su idioma, pero me la tradujo al castellano y la escribí en una servilleta para acordarme, me gustó mucho lo que decía: el hombre que es hombre/ha de tener la mano ligera/para coger una rosita/sin mover el rosal. Lo siento, en gallego rimaba y era muy bonita, en castellano no pega ni con cola, si algún gallego lee esto y es tan amable de traducirla se lo agradecería.

Canteiro galego

Y ahí empezó el hombre, duro, integro, que sabe lo que quiere, que sabe hacer que tu desees más lo que buscas, que no pierde la calma y que te lleva a donde él quiere seguro de si mismo, convencido y convenciendote con sus gestos y actos de que estará a la altura en cada momento y encima haciendo que te sientas respetada aunque lo que tu más desees es que un tipo así te falte, totalmente y de todas las maneras posibles, al respeto.

Quería bailar, me dijo, temí por un momento que pudiera ser un tolai de esos con coche tuning en la puerta y ganas de empastillarse hasta arriba, pero me tranquilizó, no tenía coche y si una gran moto en la puerta y le gustaba bailar normal “ya sabes, salsa y esas cosas, por conocer un poquito la marcha de Madrid, si quieres enseñármela, claro” Pensé, estaba segura, de que si a un hombre como ese le decía que lo que quería era follar desesperadamente cabrían dos posibilidades: podría mandarme a la mierda, por puta; o bien la segunda y más probable: podría follarme y después echarme del hotel o largarse a toda prisa de mi casa, por puta, y la verdad, ir a bailar con un gigantón como aquel, aparentemente patoso y brusco en maneras pero con tacto para darte una caricia no era mala idea, así que agarramos un taxi, no tenía casco para mi ¡qué pena! y lo llevé al primer sitio que se me ocurrió, más salsa imposible, es un local del centro de Madrid que los fines de semana se llena de gente sudamericana precisamente para eso, para bailar salsa, antes de entrar le pregunté si tenía algo contra los extranjeros, lo pregunté más por prevención que porque lo pensase, pero una es puta y hay clientes que si tienen, lamentablemente, estos prejuicios, el no los tenía, se había pasado dos años en Brasil, cortando piedra evidentemente y enseñando a los futuros operarios brasileños a hacerlo, en una cantera enorme y tenía muy buenos recuerdos de sudamérica, así que sin problema.

A la hora de pedir las consumiciones, que siempre pagaba él, hice amago de pagar una y se puso a hablar de que en Madrid los hombres no debían de ser muy caballeros ¿como vas a dejar que una mujer que va contigo pague? ¡caaa! ¡de eso ni hablar! el caso es que volvió a sus botellines que evidentemente no había, terminó pidiendo una Coronita por consejo mío, yo otra y total, para nada, no bebió ni un trago. A la hora de bailar… segunda sorpresa de la noche, lo hacía estupendamente, sin fallos, bien coordinados sus movimientos, mejor que muchos sudamericanos que había allí, pero además con discrección, estaba segura de que aquel gigantón podría haber dado un recital de baile en la pista del local, solo le fallaban dos cosas: la acompañante que desgraciadamente no es la mejor bailarina del mundo, y que “a mi no te me va mucho eso de dar la nota” o sea, su discrección ¡jo! si hasta había chicas que me miraban con envidia. El como un tipo así, con su complexión, se puede mover con tal ligereza y flexibilidad es un misterio para mi, hasta corregía mis fallos sin decirme nada, con rapidez, si yo me equivocaba en un giro allí estaba su mano para llevarme con delicadeza hacia donde debía. Le pregunté que como es que bailaba tan bien y resulta que en su pueblo dio clases de baile “en la cultural” que supongo sería alguna asociación donde tendrían ese tipo de actividades. Tengo por seguro, la experiencia me lo ha demostrado, que los que bailan bien en la cama suelen ser muy buenos, y este muchacho hasta ahora tenía todas las papeletas para hacerlo bien, solo… ¿será de esos de misionero y santas pascuas? ¿será eyaculador precoz? ¿sabrá que las mujeres tenemos orgasmos? ¿se preocupará de eso?

Aunque apuntaba maneras en mi cabeza tenía muchas interrogantes y entre ellas y lo que iba sintiendo hasta el momento, entre mis piernas había algo que no dejaba de palpitar.

Bailando Salsa

Quiero comer -me dijo- yo le respondí que había algunas cafeterías cerca, para algo de bollería podrían estar bien, él me miró extrañado con sus ojillos achinados, sonriendo y se explicó, quería comer “bien” pensé que querría ir a un restaurante ¡Dios mío! ¡a esas horas! no me extrañaba nada que quisiera comer, esa musculatura y esa envergadura seguro que costaban trabajo de mantener ¿pero donde encontraba yo a esas horas un restaurante abierto?, él ante mis dudas sonrió y me dijo que nos fuesemos, ya verás como encontramos algo -me dijo- lo único es que si vas solo en una ciudad que no conoces los taxistas a veces te timan.

Salimos afuera, lo llevé a una parada de taxis y le soltó al taxista a boca jarro y a eso de las tres treinta de la madrugada donde se podían comer callos madrileños, que le apetecían, el taxista ante mi extrañeza dijo un lugar y una calle que yo conocía y allá nos encaminamos. El lugar, le advertimos el taxista y yo, no era de lo más recomendable por la parroquia que allí paraba, pero… tendría sus callos, le sugerí si no quería ir a alguno de los lugares de comida rápida que hay en el centro pero eso “eran mariconadas” y además, a él nunca nadie le había querido hacer daño, no me extrañó, algo así no debía de ser la mejor idea del mundo. Tres platos se tragó el bendito ante mi mirada arrobada y mi mente que pensaba “menos mal, hijo, que no te tengo que dar de comer, debes de ser una ruína”, se los comió casi en silencio, mojando mucho aquel pringe con pan, ni se cuantos bollos de pan se zampó. Cuando terminó el último plato, pidió un botellín, evidentemente, se lo bebió casi de un trago, sonrió con la misma cara de un niño saciado, se palpó el vientre satisfecho y llamó al camarero que también estaba bastante asombrado de lo que había comido aquel hombre. Pidió café y un farias “no fumo ¿sabes? pero cuando como bien me gusta fumarme un farias”, después me preguntó si tenía algo que hacer al día siguiente, le gustaría ir a un sitio y a lo mejor a mi me apetecía, podríamos quedar, yo, pensando que me daba despedida y que probablemente al día siguiente o al otro a lo sumo se marcharía me imaginé quedandome sin follar con mi gigantón, le pregunté si me iba a despedir allí mismo, en aquel antro.

¡Pero mujer! -me dijo con su galleguisimo acento- ¿tu por quien me tomas? ¡yo soy un caballero, eh! te acompaño a casa ¡faltaría más! Bueno, no estaba todo perdido, allí solo tenía que invitarlo a tomar algo en ella, suponía que accedería, lo único que después “me anotas en un papelito en que calle tengo la moto, para ir a por ella”, preguntó si mi casa estaba muy lejos, no mucho, le expliqué, a siete u ocho calles, sugirió que fuesemos andando, así le bajaría la comida, después me aclaró “si no estás muy cansada, claro”, no lo estaba, tampoco hacía mala noche, no era mala idea dar un paseo con él hasta casa, además, si me cansaba… me llevaría a caballito, cosa que suponía no le debía de costar mucho trabajo.

-Oye -le pregunté- ¿a donde es que quieres que te acompañe mañana?

-Me gustaría levantarme un poco temprano y visitar el Museo del Prado -dijo tan tranquilo mientras miraba una fachada de piedra que señaló con el dedo- ves, eso es granito “gris mondariz”

Yo me lo quedé mirando un tanto asombrada, estuve a punto de preguntarle que diablos se le había perdido a un tipo como él en el Museo del Prado, creo que lo percibió en mi mirada:

-no te extrañes tanto, me gusta la pintura y la escultura, a ratos esculpo piedra, hago cruceiros, estatuas, esas cosas, ya sabes..

No, no sabía, no tenía ni idea de que esculpía piedras, aunque cuando me lo dijo no me extrañó en absoluto, si había algo que se hiciese con piedras seguro que él lo hacía.

-Que fue lo último… ¿cual fue la última estatua que esculpiste?

-Una señora con una vaca

-y eso… ¿lo titulaste de alguna manera? ¿lo expusiste en algún lado?

-Si claro -explicó lo evidente- señora con vaca, tienen que venir a recogerla los dueños de una ganadería, la van a poner en ella o algo así.

Mientras caminabamos hacia mi casa fue explicándome que había gente, ayuntamientos, asociaciones, etc. que le hacian encargos, ora un crucero, ora un santo o una santa, otro día un pedestal, a veces una fuente y él iba haciendo, por afición más que por lucro, es que me relaja -dijo-

-o sea… picas piedra en una cantera y cuando llegas a casa picas más piedra y eso… ¿te relaja?

Es que es distinto, son otras herramientas, y hasta la puerta de mi casa me fue explicando lo que eran buriles, limas, fresas, una maceta, creo que ni se enteró de que subíamos a mi casa de lo ensimismado que iba, yo estaba abriendo la puerta y él seguía explicando como golpear con el buril pequeño, que era muy distinto de hacerlo con un cincel, y yo cerré la puerta y el seguía ensimismado en sus explicaciones, y colgué mi chaqueta y le pedí la suya mientras lo hacía pasar a la salita, y el seguía contandome como pulir una piedra bruta hasta dejarla como el marmol y colgué las dos chaquetas en la entrada y allí estaba él, contandome que lo más delicado era no se que cosa, porque si dabas un mal golpe la pieza se podría romper y ya no te la querrían…

Cruceiro de Hio

Yo, mientras el hablaba, no se porqué, me acordé de un cuento que me contaron cuando era niña, me dijo alguien que cuando Miguel Angel esculpió su Moises, al terminar y verlo tan expresivo, golpeó la rodilla de la estatua con su mazo y gritó ¡Habla! Mientras pensaba eso me acerqué al chico, cogí sus grandes manos, el se cayó, las miré, lo miré y le sugerí, pregunté más bien, si solo con sus manos, sin cinceles ni martillos, podría esculpir la palabra placer en cada poro de mi piel.

El sonrió, como a los niños pillos cuando los atrapan en una travesura, me miró a los ojos, y me dijo que lo intentaría, pero eso… es la historia que os contaré en el siguiente capítulo ¿os parece bien?

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